En
aquella noche de verano, Lucky, la perrita, saltaba divertida entre los matojos
persiguiendo las luciérnagas, al mismo tiempo, Carlos estrechaba a Sara contra
sí, rodeándola con el brazo. La pareja observaba en silencio el estrellado
cielo que se extendía infinitamente sobre sus cabezas, enfrente un pequeño
pueblo iluminado con las supervivientes farolas del vandalismo y tras ellos la
ladera que formaba parte de la montaña que a la vez se unía con la sierra y
extendía sus raíces bajo el mundo.
La calma
reinaba tanto que tenía que andar de cuclillas para no molestar el palpitar
sincronizado de los corazones, aún Lucky, la perrita, corriendo cuatro veces
más rápido seguía el mismo ritmo del tiempo, y sus pausados ladridos daban
muestra de ello.
El
tiempo, las necesidades, el deseo y los sueños, todo se detuvo en aquel momento
para Sara, ¿qué podía querer más que fundirse con Carlos? Pero Carlos si quería
algo, quería más y de su deseo brotaron las palabras:
-¿Sabes
Sara? Cuando era pequeño mi abuelo me contaba una historia sobre las
estrellas. Yo me quedaba boquiabierto escuchándolo, con los ojos abiertos de
par en par. A mi abuelo le encantaba contar historias, se le daba muy lo bien,
si lo hubieras visto… seguro que también hubieras disfrutado como yo. Ahora las
estrellas me recuerdan a él, aunque nunca terminé de entender su historia…
-Eso es bonito Carlos. Me has dejado intrigada. Cuéntame su historia.
Sara se
recostó sobre su pecho y cerró los ojos para sentir únicamente la voz de
Carlos.
“Hubo
una vez, hace mucho, en un pueblo, de cuyo nombre nadie puede recordar, personas
que disfrutaban mirando las estrellas. Las observaban por su belleza, por su
inquebrantable surcar los cielos, por su constancia y por un deseo humano hacía
lo lejano. Pero todo aquello terminó.
Aquellas
luces astrales decidieron acercarse a la tierra, bajaron por el firmamento con
paso sereno. Y los hombres… huyeron. Vieron luces, fuegos fatuos. Espíritus
ansiosos por devorar la carne y roer los huesos. Fantasmas y demonios. La luz
los cegó y les dolió, y el dolor se hizo oscuridad. Pero los pocos que pudieron
mantenerse firmes descubrieron que aquellas luces tenían forma humana y, lo más
curioso fue que, cada uno portaba una caja.
De los
pocos, los menos soportaron la locura que aquellas cajas guardaban. El resto
enfermó y maldijo a aquellas luces por robarles los ojos y corromper a los
menos. Estos últimos, los vivos y más cuerdos, decidieron adorar aquellas luces
con tal de algún día poder brillar como ellas. Eternamente fieles a los
secretos de la luz los hombres se agruparon para dedicar su amor a una concreta
luz y así siguiendo sus pasos para algún día poder alcanzar su misma belleza.
Justo
en esta época de culto, adulación y fidelidad al orden un niño sobrepasó los
límites. Los muchos ni siquiera oyeron hablar de él, los pocos dijeron que solo
era un enfermo y los menos aún se preguntan cómo desapareció.
Aquel niño
no temió a ninguna luz, no dudo al abrir cualquier caja. Ningún pudor, ningún
prejuicio, nada más que curiosidad insaciable".
Carlos
dejó de hablar y así terminó la historia de su abuelo, Sara abrió los ojos y
ambos se encontraron.
-¿Qué
le pasó aquel niño? –preguntó Sara.
Carlos
sonrió.
-Lo
mismo le pregunté a mi abuelo. Me dijo que la curiosidad lo devoró, que lo destripó,
que le mutiló de la cabeza a los pies, lo reventó, que le hizo trizas, polvo, puré.
Más cosas me dijo pero todo significó lo mismo. Aunque al final añadió que en el
último suspiro de su existencia brilló como ninguna luz jamás lo hizo.
Bajo el brillo del hielo que me faltó ayer...
: : WhiskySinHielo : :
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